William Morris: la importancia de un hogar

Si me preguntasen cuál es la producción más importante del arte, contestaría que una casa hermosa.

William Morris

Visité la exposición «William Morris y compañía: el movimiento Arts and Crafts en Gran Bretaña», en la Fundación Juan March de Madrid, un día después de su inauguración. Pese a que en el ámbito del arte como diseño o, por decirlo de otro modo, de las «artes decorativas», suelo estar más interesada en artistas como Josef Albers o Max Bill, esperaba esta muestra con entusiasmo desde hacía meses.

Y es que mi interés por la figura de Morris proviene, más bien, de su trabajo como ensayista y de la filosofía que esconden sus trabajos artesanales: la defensa de un estilo de vida sencillo, la conexión con la naturaleza, el aprecio de lo cotidiano y, sobre todo, sus reflexiones en torno al trabajo.

La muestra, que presenta un gran número de obras, muy variadas (tapices, dibujos, libros, cuadros, muebles de todo tipo, etc.), ofrece una visión de conjunto del movimiento al exhibir sus orígenes, sus obras más representativas y sus posteriores influencias en movimientos artísticos desarrollados en otros países europeos.

Sin embargo, a pesar de la calidad de las obras seleccionadas −por las que, sin duda, merece mucho la pena acercarse a la fundación−, fue el trasfondo «teórico» del trabajo de Morris —precisamente, aquello que había generado mi entusiasmo por la exposición antes de asistir a la misma— el que volvió a asaltarme al reflexionar sobre lo visto durante mi visita.

Desde la primera sala, pintada de color teja y adornada con unas vigas de madera vistas, como la casa de Morris, la famosa Red House diseñada por este y construida por Philip Webb, la exposición busca transmitir el carácter acogedor que debe distinguir un verdadero hogar. Esta reflexión sobre el hogar y su relación con quienes lo habitan fue, precisamente, la que se me impuso al volver hacia mi casa, un pequeño piso de alquiler que, desde que me mudé hace casi cuatro años, nunca he sentido como propio y sobre cuya cuota mensual sobrevuela desde hace meses la burbuja del alquiler.

De nuevo, el Morris ensayista y agitador político sobresalía frente al artista, seguramente porque su trabajo como artesano no puede entenderse sino como una manifestación estética de sus ideas políticas. Los tapices, muebles, libros y pequeños objetos cotidianos expuestos remiten, en definitiva, a la idea de hogar. Pero ¿qué es y qué entendemos hoy por hogar? O, mejor dicho, ¿qué entendemos los jóvenes por hogar, sujetos a la precariedad laboral y al imperativo del alquiler frente a la imposibilidad de sufragar una hipoteca —no solo por la dificultad de pagarla, sino, también, por la permanente sensación de inseguridad que contamina prácticamente todas las dimensiones de nuestras vidas (relaciones sociales, trabajo, expectativas vitales, etcétera)—?

Uno recorre la exposición y entiende que, para Morris, el hogar es como un templo, como una iglesia que sirve de refugio, de espacio íntimo para la elevación del «espíritu», y para lo cual el arte juega un papel fundamental. Como en un templo medieval, el hogar se llena de adornos, como vidrieras, tapices, etc., pero solo de los estrictamente necesarios; el hogar es un templo que ensalza la vida cotidiana doméstica de forma artística, sí, pero frugal, del mismo modo que el arte medieval ensalza la palabra de Dios con un arte que, en aquel momento, era considerado artesanía.

Para mí, y para otros jóvenes de mi generación, no hay hogares, sino viviendas (o sobreviviendas). Uno percibe el lugar que habita como algo inestable, temporal, que hay que «conservar» mes a mes mediante el trabajo, pero que, a su vez, no es suyo. Quizá por eso tenemos esa extraña sensación cuando visitamos a nuestros padres durante un fin de semana y volvemos a dormir en nuestra habitación de adolescentes, que, ahora, en comparación con nuestro pequeño piso de alquiler −en el que nos prohíben taladrar las paredes o criar a una mascota−, nos resulta mucho más cercana al ideal de Morris.

El hogar debe ser propio (o compartido con quien hayamos decidido: una pareja, un amigo, un familiar…), debe sentirse como una propiedad, como algo que se ha construido a partir de nuestros propios intereses y necesidades, que refleja quiénes somos y qué queremos. Sin embargo, por mucho que atiborre mi pequeño piso madrileño de libros, láminas y objetos queridos, no puedo librarme de esa sensación de inestabilidad que me transmite el hecho de habitar un espacio que me es ajeno. Sin hogar, sin una casa propia, solo nos quedan nuestros objetos, depositados en un espacio que, por su naturaleza temporal, no permite «dar sentido» a todo el conjunto (en tanto que lo prestado, arrendado, suscrito…, frente a lo regalado o lo comprado, está siempre vinculado a una caducidad, a un plazo, haya sido este explicitado o no). Mis pertenencias son de mi propiedad; el espacio que las contiene, no. Así, mis cosas quedan en una especie de «purgatorio» entre el espacio prestado y el espacio que quizá algún día me sea propio.

No puedo pensar en mi piso de alquiler sin remitir a mi condición de trabajadora, pues el salario se convierte en la condición necesaria (aunque, tras la crisis, para muchas personas, no suficiente) para, además de alimentarme, conservar mi vivienda. Precisamente sobre el trabajo, recordemos, teorizó Morris ampliamente. Para el británico, los muebles, tapices y otros productos que él, junto con sus socios, vendía en Morris & Co. −que hoy se exponen como arte y que, entonces, eran considerados objetos de artesanía para burgueses− constituyen bienes sobre los que se ha realizado un trabajo no alienado, en el que el artesano puede sentir una conexión genuina con el objeto de su trabajo, a diferencia de lo que le sucede, por ejemplo, al operario de una fábrica:

La mayor parte de la gente da por sentado hoy en día que todo trabajo es útil, y la mayoría de la gente acomodada, que todo trabajo es deseable. La mayoría, sea o no acomodada, cree que, cuando un hombre está haciendo un trabajo que es aparentemente inútil, de todas formas se está ganando la vida con él −está «empleado», como dice la expresión−; y la mayoría de los que son gente acomodada animan con felicitaciones y alabanzas al feliz trabajador que se priva de todo placer y vacaciones por la sagrada causa del trabajo. En suma, se ha convertido en un artículo de fe de la moral moderna que todo trabajo es bueno en sí mismo, una creencia conveniente para quienes viven del trabajo de otros. […]

Hay dos tipos de trabajo: uno bueno y otro malo; uno no muy alejado de ser una bendición y de hacer más fácil y alegre la vida; el otro una maldición, un lastre para nuestra vida.

¿Cuál es, entonces, la diferencia entre ellos? Esta: uno contiene esperanza, el otro no. Es de hombres hacer un tipo de trabajo y de hombres también negarse a hacer el otro.

¿Y cuál es la naturaleza de la esperanza que, cuando está presente en el trabajo, hace que merezca la pena realizarlo?

Es una triple esperanza, según creo: la esperanza en el descanso que vendrá, la esperanza en el producto que obtendremos y la esperanza del placer que hallaremos en el trabajo mismo; y la esperanza, también, de que haya abundancia y calidad en todas esas cosas. Esto es, un descanso lo bastante largo y bueno para que merezca la pena descansar, un producto que le merezca la pena obtener a todo el que no sea ni un tonto ni un asceta, un placer lo bastante intenso como para que tengamos conciencia de él mientras trabajamos, no un mero hábito cuya pérdida sintamos como sentiría un hombre nervioso la pérdida del trozo de cuerda con el que jugaban sus dedos.

Hoy, sin embargo, aunque tenemos la posibilidad de consumir una gran cantidad de productos −que, en muchos casos, no está claro que nos merezca la pena obtener−, los bienes realmente necesarios, como la vivienda, se vuelven cada vez más inaccesibles, de forma que, si tenemos la suerte de que nuestra cuenta bancaria se mantenga en números positivos tras haber saldado nuestras deudas mensuales, privarse de comprar un capricho (como la última novedad en tecnología, por ejemplo) no supone ya ese pequeño esfuerzo por el que, más pronto que tarde, como hicieron nuestros padres, podremos construir nuestro propio hogar.

«William Morris y compañía: el movimiento Arts and Crafts en Gran Bretaña» es un ejemplo de cómo una exposición no debe funcionar como un mero mostrador, sino como un espacio que ha de dotar al conjunto de los elementos expuestos en él −que, además, deben haberse seleccionado con criterio estético e histórico− de un sentido en relación con su contexto, al igual que un hogar se lo da a los objetos que acoge en su interior. La muestra de la Fundación Juan March lo consigue al transmitir a lo largo de su recorrido los fundamentos teóricos que vertebraron el trabajo del artesano británico, lo que no solo nos permite profundizar en su obra, sino que nos invita a reflexionar sobre el papel que el hogar tiene para nosotros en el contexto sociopolítico actual. Lamentablemente, lo que descubrimos es que se está convirtiendo, como los muebles y tapices de Morris & Co., en un bien exclusivo de la burguesía.


De estos artistas ha organizado la fundación unas excelentes monográficas en los últimos años: «Josef Albers: medios mínimos, efecto máximo», en el 2014, y «max bill», en el 2015. Los catálogos de estas y otras exposiciones de la fundación pueden consultarse íntegramente y de manera gratuita en su web.

Esta cita de Morris encabeza una de las salas de la muestra de la fundación: «El verdadero secreto de la felicidad reside en sentir un interés genuino por los pequeños detalles de la vida cotidiana».

La exposición también pone sobre la mesa, aunque implícitamente, la eterna discusión sobre la dicotomía (para algunos inexistente) entre arte y artesanía, o entre arte y diseño, pero este es un debate que también pueden fomentar las exposiciones dedicadas a los artistas de la Bauhaus, una de las escuelas en las que más se teorizó sobre esta relación.

No es casual que Morris perteneciera a la Hermandad Prerrafaelita, fuertemente influida por el medievalismo.

Hay que tener presente la enorme influencia que ejerció en Morris la lectura de la obra de Marx y, en concreto, de El capital.

Morris, W. (1885). «Trabajo útil vs. trabajo inútil». Disponible aquí.