Las parroquias y el beige. Una reflexión superficial sobre la religiosidad contemporánea

Si de algo me ha servido ver los primeros capítulos de Quiero ser monja, es para confirmarme una sospecha: las monjas tienen una especial predilección por el beige.

Lo sospechaba, desde hacía tiempo, por las visitas a la residencia-parroquia de una buena amiga mía, que está siguiendo el camino —me parece que con algo más de vocación— de las protagonistas del docu-reality de Mediaset. Allí, sus compañeras —tanto las más mayores, ya ordenadas, como sus acólitas— me acogieron con entusiasmo y se mostraron alegres de contar con la presencia, durante la cena, de una agnóstica respetuosa con sus creencias.

Antes de preguntarme cómo nos habíamos conocido mi amiga y yo, y cuál era —si tenía alguna, por pequeña que fuera— mi relación con el catolicismo, me invitaron a asistir a una misa oficiada, en el mismo edificio, por un cura que parecía muy profesional. Durante la ceremonia, a la que no le faltó de nada, me invitaron a participar en el canto de algunos salmos mediante la entrega de los correspondientes lyrics (tipografía Bradley Hand ITC) en un papel devotamente arrugado y humedecido por el uso.

Durante mi visita, lo observé todo con curiosidad y me mostré interesada tanto por la vida en la parroquia como por las motivaciones que habían llevado a chicas tan jóvenes a renunciar al sexo, al WhatsApp o a la posibilidad de llegar a su casa —y a la del Señor— más tarde de las 20:00. Mi curiosidad era sincera y se debía, principalmente, a mi educación laica, que me hacía observarlo todo bañado en una suerte de exotismo que resultará absurdo a todo aquel que haya hecho la comunión.

Pero, aunque esperaba que fueran los testimonios de estas fieles los que más me interesarían de mi visita, fue algo muy distinto lo que acaparó toda mi atención: la estética de la residencia. ¿Acaso se aloja Dios en la melamina? ¿Tiene el Señor una especial predilección por los anoraks de plumas? ¿Le parece WordArt lo último en diseño?

La fe —que convivía allí con hules color pastel, crucifijos de madera de pino y flores artificiales— se explicitaba en rezos frente al sagrario y en canciones a la guitarra en el salón, después de la cena. Con el tiempo, he podido observar que estos rasgos estéticos —que no se deben, por lo general, a una falta de recursos económicos— son característicos de la parroquia actual y, por lo tanto, compartidos por todas ellas.

Y es que la parroquia actual está desaturada: el gris, el beige y el marrón son los únicos tonos posibles en la casa del Santísimo, y solo se permite a un rosa o a un verde entrar en el edificio cuando han perdido todo brillo e intensidad. El rechazo por el fucsia o el azul eléctrico me lleva a preguntarme si se puede incurrir, para los católicos, en una suerte de avaricia en el uso del color; si el enaltecimiento que lleva a la humillación también puede tener que ver con calzarse unas zapatillas flúor, o si Murillo fue un pintor más cercano al espíritu del cristianismo que el Greco.

Tiempo después, al encontrarme yo de turismo en la maravillosa villa de Alpedrete, tuve la oportunidad de visitar su iglesia parroquial, un edificio del siglo XVII que albergaba, en su interior, zócalos de granito rojo de dos metros de altura, suelos de gres y esculturas de PVC.

Desde mi agnosticismo, me preguntaba —como una adolescente arrogante a la que, aunque un chico no le guste, le molesta que él tampoco se muestre interesado en ella— por qué la Iglesia actual se preocupaba tan poco por conseguir fieles o, al menos, por qué había negado al arte la posibilidad de hacerlo.

Quizá hayan sido los cristianos del pasado quienes han obrado mal, y sea tarea de la Iglesia de hoy mostrárnoslo. Pues, ¿no es acaso un atrevimiento considerar que los humanos podemos competir con Dios en la creación de cosas bellas?

Al fin y al cabo, puede que la labor de los parroquianos de hoy sea la más sensata posible y, a su vez, la más difícil, porque hay que tener mucha fe para ver a Dios en el gres y no en el alabastro.