Velocidad de los productos culturales

Nota preliminar:

Este artículo se ha escrito en un ordenador portátil cuyo administrador de tareas indica que están en funcionamiento las siguientes aplicaciones…

  • Administrador de tareas
  • Explorador de Windows
  • Google Chrome (32 bits)
  • Microsoft Office Word (32 bits)
  • Spotify (32 bits)

…, así como más de cien procesos en segundo plano que ralentizan considerablemente el rendimiento del procesador.

Además, si ahondamos un poco más en este asunto, la ventana de Chrome se compone de quince pestañas con los siguientes enlaces:

Y la aplicación Spotify reproduce una lista de favoritos de la usuaria que escribe este artículo que contiene 1978 canciones, cuya reproducción suma un total de 120 horas y 3 minutos. En este preciso instante suena el directo de Veinte años, de Buena Vista Social Club.

Por si esto fuera poco, uno de los anuncios de Spotify me interrumpe para informarme de que existe la novísima y utilísima aplicación «Explorar», a través de la cual los usuarios pueden «descubrir nuevos artistas sin la necesidad de interrumpir lo que están escuchando». Así, si durante la reproducción de Poupée de cire, poupée de son de France Gall decido aventurarme a escuchar una muestra preliminar de la playlist «Burbujas Pop» (cuya descripción reza: «Algodones de azúcar, manzanas de caramelo, unicornios y tiovivos. Alégrate el día con los temas más rositas y dulzones del pop»), solo será necesario hacer clic y dejar pulsado el botón Play para escuchar la muestra y, si no acaba de convencerme, soltar el botón y seguir escuchando el tema con que la cantante francesa ganó Eurovisión en 1965. Algo verdaderamente práctico.

Se hace difícil encontrar un ejemplo más paradigmático con el que mostrar cómo los productos culturales no solo se consumen hoy masivamente, sino también a una velocidad vertiginosa (factores que, seguramente, se impliquen mutuamente).

La filosofía del fast food se ha trasladado al ámbito de la cultura. De este modo, los productos de la industria cultural han incorporado a su esfera de actuación el mismo procedimiento que el de los restaurantes de comida rápida, movimiento que se ha traducido en una máxima: la instantaneidad en detrimento de la calidad.

Tomemos dos programas de televisión. Ambos de la (segunda) cadena pública, para que no se pueda acusar a la comparación de mezclar churras con merinas. Estos espacios comparten, en principio, el mismo objetivo: difundir contenidos culturales por medio de entrevistas a figuras más o menos representativas del panorama. A fondo y Página Dos. Aquel, emitido entre los años 1976 y 1981; este, desde el 2009, sigue actualmente en la programación habitual de la cadena pública. Separados por poco más de treinta años desde sus fechas de estreno, las diferencias son notables. En un primer visionado, lo que más sorprende del programa de Joaquín Soler Serrano es su sencillez. Su plató, muy sobrio, ocupado solamente por una mesa en el centro del plano —sobre la que se alternan las obras de los invitados en sus más diversas ediciones y traducciones—, dos butacas, destinadas a Soler Serrano y al invitado en cuestión, y, en función de los vicios del entrevistado, un cenicero de pie.

Aunque también asistieron a A fondo directores de cine, artistas y compositores, el programa es famoso actualmente por sus entrevistas a escritores en lengua española (entre otras cosas porque, lamentablemente, la web de rtve no ofrece más de quince programas completos).

En esta segunda entrevista que concedió Borges al programa en 1980 —sin duda, uno de los momentos más entrañables de la televisión— o en esta otra de Sábato, vemos alternarse dos planos, tres, a lo sumo; ocupando la práctica totalidad de la duración del programa la imagen del entrevistado en primer plano. No hay cortes. No se interrumpe la conversación para dar paso a otra sección. No se le dice al entrevistado a los quince minutos de entrevista eso de que «lamentablemente, tenemos que dejarlo aquí». Esto quiere decir: Juan Rulfo hablando durante tres cuartos de hora, Ernesto Sábato, durante hora y media; Julio Cortázar, durante dos horas.

Y luego está el nuevo formato, Página Dos, supuestamente parecido al programa de finales de los setenta, pero con diferencias que a todas luces responden a la era de Internet y a la fast culture. Para empezar, partimos de la duración del programa: media hora. Treinta minutos repartidos en secuencias interminables en las que un narrador nos lee fragmentos de la obra del invitado (normalmente, la que el autor está promocionando en el momento), una sección titulada «El impostor», otra de crítica de cine, otra de club de lectura infantil, otra de recomendaciones, otra de… Esto quiere decir: Ricardo Piglia hablando durante diez minutos; Rafael Chirbes, durante diez minutos, y Michel Houllebecq balbuceando durante dos minutos, mirando fijamente al suelo durante otros dos, hablando durante los seis minutos restantes e incomodando a Óscar López durante la totalidad de la entrevista.

Con todo, es evidente que el paso de estos años se ha traducido en una mengua del tiempo, en un aumento de la velocidad. Una aceleración que se ha trasladado del ámbito de los productos «comerciales», de consumo rápido, al de la literatura.

Parece que la influencia de Internet podría tener algo que ver en esta cuestión. Esto se hace todavía más evidente en programas como Alaska y Coronas (o Torres y Reyes) y, ahora, Alaska y Segura —programas supuestamente culturales en los que se incurre en paradojas tales como incorporar masterclass de cinco minutos que, de algún modo, vienen a negar toda la estética y razón de ser del programa—. Y es que las tertulias organizadas en el mismo se convierten en un pandemónium de ventanas que dividen la pantalla del televisor (llevando al paroxismo los montajes cinematográficos de los setenta), en las que se muestran primeros planos de un personaje de la tertulia (en ocasiones, es indiferente que esté o no interviniendo en la conversación), rótulos luminosos, fragmentos de lo dicho por quienes intervienen en la tertulia, tuits de los espectadores, fotografías que estos envían y que no se sabe bien a cuento de qué aparecen ni qué aportan a la entrevista, etc.

Quién sabe si esta aceleración, si la esencia del multitasking llevada a espacios de difusión cultural, podría haberse evitado o si, como advertía Junichirô Tanizaki…

En el arte de la oratoria [los orientales] evitamos los gritos, cultivamos la elipsis y, sobre todo, damos una extrema importancia a las pausas; ahora bien en la reproducción mecánica del discurso la pausa se destruye totalmente. Por haber acogido esos aparatos hemos tenido que desnaturalizar nuestro arte. Mientras que los occidentales, como son aparatos inventados y elaborados por ellos y para ellos, los han adaptado desde el principio a su propia expresión artística. Hay que considerar que, solo por eso, hemos padecido auténticos perjuicios.

Tal vez sea así. Tal vez sea a causa de la reproducción mecánica auspiciada por los occidentales por lo que la velocidad se ha impuesto a la lentitud; la ininterrupción, a la pausa.


Tanizaki, J. (2016). El elogio de la sombra. Madrid: Siruela.